Paseando por Peñalba de Santiago, un amigo residente en una gran ciudad me comentaba que si pudiera se iría a vivir al Bierzo o una comarca similar. Especulábamos con poder bajar caminando hasta el bar del pueblo y tomar una cerveza, siempre artesana, mirando al Valle del Silencio sin necesidad de metro ni hacer cola para sentarse en una silla de plástico en una terraza superconcurrida.


Pero la realidad es tozuda. Hoy son ya muy pocos centros de trabajo en a los que un berciano, puede acceder. Como consecuencia, nuestros pueblos, pequeños y grandes se vacían y llegamos al absurdo de que los municipios mineros, otrora ejes de la industria y poblaciones efervescentes regalan sus casas, pierden su patrimonio y la escasa actividad económica muere. Por contra, las grandes ciudades se llenan con la juventud que en algún momento tuvo una oportunidad profesional. Grandes torres, con oficinas de diseño simétrico en las que se ubican imberbes de la España Vaciada vestidos con trajes de Primark.


Al contrario que aquí, la vivienda se trata de pisos milimétricos llenos de gente que no se conoce entre sí, o que incluso se odia pero a la que no le queda más remedio que convivir por la estúpida razón de que un salario no es suficiente para mantener las necesidades básicas que promulga la Constitución. Vida cotidiana de prisas, masificación y terraceo sobre asfalto en una gran cadena (no ponen pincho). Volver a casa el fin de semana se convierte también en una matada. Un viaje interminable en bus o tren de poca frecuencia y horas intempestivas. Claro que para que van a ir trenes al Bierzo si no queda ni Dios y con el carbón ya marcharon.


La pandemia cambió  los trajes por pijamas, las carreras al transporte público por viajes cama-silla y los madrugones por el aprovechamiento del sueño. No quedaba otra, y buena parte del empleo se siguió moviendo. Obviamente no cualquier trabajo puede hacerse desde casa, y menos en un país donde la hostelería tiene tanto peso, pero aun así, el Banco de España estima que hasta el 30’6% de los empleos podrían  trabajar en esta modalidad, aunque se aplica en menos del 5% de los casos.
La cuestión (planteada por alguien que de esto no sabe nada) es si tan imposible es descentralizar una nave repleta de terminales. Lo que está claro son las ventajas: aliviar la presión sobre las grandes ciudades, mejora de la calidad de vida, del acceso a la vivienda y una reactivación del tejido económico local vía consumo. En definitiva, una traba a seguir vaciando las provincias para llenar metrópolis.


Hasta ahora quienes toman las decisiones en El Bierzo no han planteado esta opción, o al menos no se han pronunciado sobre ello. De momento, parece que debemos seguir haciendo cursos de emprendimiento hasta que llegue un iluminado (esos que siempre empiezan en un garaje) y monte una gran empresa  solucionando todos nuestros males. O quizás esperar a que un labrador de Villadepalos descubra coltan mientras cava su viña para iniciar de nuevo un modelo extractivista sin frenos.
Claro que también es fácil aferrarse a eslóganes vacíos sobre la despoblación, mientras
no se propone ninguna alternativa. Entretanto seguiremos paseando.

Iván Samprón

Escrito por:ofiandon

Un comentario en “El teletrabajo contra la España Vaciada

  1. No todo es malo en la ciudad. Se puede ir a trabajar andando o en bicicleta. Se puede ser feliz en cualquier sitio. No idealicemos los entornos. Necesitamos un cambio de perspectiva, difícil mientras dependamos de un trabajo. A algunas personas les ha salvado la vida salir de su entorno, a otras se la habrá cercenado. En fin. Buen artículo. Gracias.

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