Si encontrásemos todo aquello que siempre amamos en los lugares comunes donde nos cruzamos con los demás está claro que todo sería mucho más fácil. Si además le sumásemos una pizca de comprensión, entendimiento y amor propio, todo sería impecable. Las utopías son eso, miradas al horizonte guardando la esperanza como último escudo frente a la desazón y la barbarie. El problema de las utopías es que nunca tienden a materializarse en hechos reales.

Quizás esos lugares comunes están diluidos por una realidad que aprieta los dientes ante la velocidad de lo cotidiano. Quizás están podridos más bien y no son más que atrezzo de lo que algún día fue, si es que algún día lo hubo. Quizás no nos interesa entendernos directamente. La atomización resultante de un modelo productivo determinado unido a una falta de convivencia pública lastra que las opciones políticas – todas ellas válidas – expongan ante todos y todas diferencias pero sobre todo un programa. Una hoja de ruta. Una forma de entender un pueblo.

Quizás eso es lo que más nos ha faltado, dejar de hablar de bordillos, asfalto y desbroces y más atacar el corazón de los pueblos. El qué queremos ser y para quién queremos el futuro. Esto último podría aplicarse al conjunto del Bierzo. ¿Por qué no se hace una mirada particular a cada pueblo y también se plantea una visión general de la región? Estas elecciones también eligen el consejo comarcal pero nadie sabe articular una estrategia para la única institución que representa a toda nuestra tierra. ¿Por qué nadie nos presenta su plan general para el desarrollo del Bierzo si pretenden también representarnos en el Consejo comarcal?.

Mientras se planeaban y prometían obras faraónicas las paisanas estaban plantando los tomates. Nadie habló de su hijo emigrado y de cómo podría volver. Eso de ir a votar es ya un ejercicio inconsciente ante tanta decadencia de la palabra como articulación de lo público. Mientras se escuchaban rumores acerca de cierto candidato, otro ponía la oreja por el mero morbo de interesarse de algo más fácil que analizar cual era la mejor opción para su pueblo. Nadie le hablará de por qué cada día ve más escobas donde antes había tierra trabajada.

Asumimos la realidad como destino manifiesto y no como la consecuencia de voluntades políticas y ahí también hemos perdido un buen camino.

Llegados aquí hagámonos una pregunta ¿Había algo realmente interesante para nuestros pueblos?. No lo sé. Pero es una reflexión colectiva que debe iniciarse desde abajo hacia arriba y desde izquierda a derecha y viceversa. Por supuesto. De responder con una negativa unánime lo mejor que podemos hacer es plantearse que deberíamos hacer. Lo que está claro es que odio a los indiferentes, como dijo el sardo hace 90 años.

Pero es comprensible serlo. La vida necesita de atención a una serie de cuestiones que ahora hemos trazado como personales como el trabajo, el tiempo libre, el descanso y una serie de cuestiones materiales. Cuestiones que podrían y deberían ser también presas del debate público para atajar problemas estructurales desde nuestras instituciones. Al haber regalado todas esas discusiones al ámbito privado e individual nadie las hará por nosotros mismos así que es comprensible que ocuparse de cuestiones personales sea más importante que pensar en una política municipal tibia, frágil y que no tiene nada que decirnos.

Hay algo de política mediocre cuando todo gira en torno a la persona y no en torno a la idea de pueblo. Cuando todo gira a unas siglas y no al proyecto político que se tiene que ejecutar en el mandato. Hay algo de política mediocre cuando se usa el insulto, la descalificación personal y el enfrentamiento en localidades tan pequeñas. Y sobre todo es muy mediocre intentar ser un cargo electo sin un programa electoral.

Y claro. Luego son todos iguales. ¿Cómo desengranamos a los que no? Termina por ser un ejercicio voluntarioso, muy trabajado y difícil. Una tarea que trasciende lo que debiera ser la política municipal, un ejercicio amable de servicio a la gente, democrático, igualitario y realista. Acercando la institución a los lugares comunes y las reflexiones de los lugares comunes a la institución.

Nada más lejano de la realidad. Entre el fango, las acusaciones, las propuestas faraónicas, las brigadas de obras, la falta de proyecto, de estrategia y de caras nuevas todo termina por oler a naftalina y a napalm. Tierra quemada por lo de siempre, que no siempre tiene la misma cara, que no siempre viste igual, que no siempre tiene el mismo color pero sirve a lo mismo: A enterrar los deseos de prosperidad, futuro, democracia y soberanía de nuestros pueblos.

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Escrito por:Bruno Bodelón

Ante todo humildad. Ante todo sin resignación. Ratiño de cuarta generación mínimo.

Un comentario en “Lo que falta

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